Bardalades

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dimarts, 9 d’octubre de 2012

Carta a mis amigos españoles.

No sé qué mierdas os explican en la tele. Ni me importa; sé lo que no os dicen. Ni os diran. Creo. No sé si visteis la tele el día 11, 12 o 13 de septiembre, o si abristeis los diarios o se os pasara por la cabeza que habría pasado algo para que, al menos lo que vemos desde Barcelona, se pusiera todo el mundo muy nervioso.

Salió a la calle mucha gente. Mucha. Cada día sale mucha gente a la calle y tan si quiera se les da una mención en los mentideros del barrio. Claman por su trabajo, su dinero y su pan; por sus casas, su vida y sus votos. Los derechos de las personas están en números rojos ya que ya no cotizan lo que cotizaran antaño. Nunca han valido mucho, pero ahora se ha conseguido que la opinión pública dude de ellos en pro de la seguridad y la estabilidad, y un montón de paja que, bueno, como España ha ganado la Eurocopa, pesa menos.

Os voy a explicar Catalunya. Sin más. O con él. Ja, ja. Broma.

Catalunya, con ny, que seria la ñ en castellano, tiene una historia paralela a la española que mola mazo, con sus reyes, sus guerricas y el folleteo general de toda superproducción histórica que se precie.

Hago una pausa y os advierto ya de entrada para que no haiga confusiones: no soy español. Y si vuestro argumento para rebatirme mi afirmación identitaria es "¡¿QUÉ PONE EN TU DNI?!", pido por favor que dejéis de leer.

En Catalunya tenemos una casta política igual de parasitaria que la española, sin el señorío católico y aristocrático tan típicamente mesetario. La de aquí es algo menos ruda, más silenciosa y mucho más lista. Bastante más putera, si se me permite, por no tener a la Inquisición en la nuca. Aunque la hay. Durante mucho tiempo, pasada la transición, el autonomismo ha sido nuestro maná de vida y causa primaria de la sociedad democrática catalana. Con el autonomismo hemos conseguido, al fin y al cabo, parecernos más a España de lo que quisiéramos: parlamento inútil con competencias desequilibradas y un balance negativo de entrada y salida de ideas. Nos falta un rey, un ejército y una guardia civil que le den un toque más rancio, pero tenemos a Duran i Lleida que es un poquito de todo. En los últimos 30 años, PP y PSOE han sabido repartirse bien España para su provecho propio, con todo su potaje de bancos, financiaciones y cargos que van de un lado a otro sin moverse del sitio. En Catalunya ocurre lo mismo pero en chiquitín, con CiU y PSC haciendo del área metropolitana de Barcelona y las diputaciones provinciales sus patios de recreo. La cantidad de institutos administrativos con sus directores es exactamente igual al número de directores disponibles que curiosamente sobreviven en ambos partidos. Esto hace que aquí vaya todo muy bien en general porque siempre hay alguien disponible a faenar por ti. Supongo.

Como país funcionamos muy bien porque enseguida nos enfadamos cuando a otros les dan unas facilidades que nosotros vemos propias por derecho, no sé qual, pero existe. Esas mismas facilidades que luego desaparecen en cuadros millonarios de dirigentes de instituciones centenarias patrimonio de la catalanidad. Sí, Millet. El mismo Millet que CiU se opone a investigar y ante quien PSC no quiere pelearse por su estrecha relación con el largamente socialdemócrata ayuntamiento de Barcelona. De lodo hasta el cuello.

Es decir: cierto que existe el puto fraude del déficit fiscal catalán, donde mientras a unos les ponen un AVE de diez personas al año, aquí tardan 150 años en llegar. Pero para mí no haría falta eliminarlo, sino hacerlo un poco más lógico. Pero bueno, no nos desviemos.

Todo lo que nos quejamos que no recibimos está rondado por ahí. La parte del pastel que queda se queda aquí pero no se sabe dónde está. DESAPARESIDO. Tenemos el mismo problema de corrupción que en España, pero con el agravante que aquí lo saben esconder mejor que en Valencia, Castilla o Marbella, debido, sobretodo, a un control más activo y real de los medios de comunicación. De la tele. Hay poca cosa aquí y todo es de CiU. Y lo que queda del PSC. No somos socialmente tan diferentes del resto de murcianos y manchegos. Nos dan igual por culo a todos. Incluso nuestra policía habla igual que en Madrid, pero pega más a gusto. Nuestra derecha no es tan rancia, aunque puede ser más de derechas que la vuestra. Nuestra izquierda, en cambio, parece un poco más divertida, sin la caspa típica española, pero con un circo mediático mucho más entretenido. La de gilipolleces que se dicen a diario y lo bien que lo pasamos. Y dicen, porque hacer, no hacen.

Por todo esto, diréis, no merece la pena gastar tiempo en algarabías independentistas. Pues tenéis razón. Pero eso, amigos españoles, son argumentos. Y a mí los argumentos me gusta usarlos de papel de váter. Nuestro problema con España no es ni la financiación, ni las competencias ni que oigáis decir que aquí pensamos que España nos roba. Lo pensamos, pero no es cierto. Nuestro problema es España. No los españoles, no. España. Una. Grande. Y libre.

Nuestro problema es esa puta unidad celestial que llena la boca y corazón de la sacrosanta hispanidad, desde la puta Constitución hasta Vargas Llosa, pasando por Alfonso Guerra, Josemari y Albert Rivera. Vaya un pedazo de hijo de la gran puta. Esa unidad que más allá de ser integradora se torna asimilación y supresión de las identidades distintas a la castellana casta y pura. Esa asimilación que hizo que España pudiera haber sido un gran imperio pero que sólo consiguió empeñarse en ser España y enviarlo todo a tomar por culo. Una España con una historia que me ha conseguido emocionar pero que su piel de toro necesitada de embestidas rompe día a día los pocos lazos que nos pudieran unir. Puede que no hayamos hecho mucho para integrarnos, pero es que me da igual. La culpa es vuestra, españoles, por tratarnos como una simple colonia. Nuestro nacionalismo esconde la mierda debajo de la bandera. El vuestro reparte la mierda entre todos y os hace comer la bandera.

Yo quería ser español, pero no me habéis dejado. Y ya no quiero. No quiero ser un español de la periferia. No quiero ser diferente por tener mi lengua y mi cultura, y esto en España no entra, no se entiende, no interesa. Veces se ha intentado, veces se ha fracasado. Por las dos partes. El modelo de estado español no es mi modelo y no quiero gastar más esfuerzo en explicarlo. La manifestación del otro día no pedía ningún cambio en España, ni romperla ni desmerecerla. La manifestación iba para nosotros, nuestros políticos y nuestra batalla. A vosotros os tocará mirar y desearnos suerte. Y reflexionad, mucho. España se rompe pero no por el Ebro. Se rompe sola.

Amigos españoles, se os echará de menos. Seguiremos siendo amigos, de igual a igual, de tú a tú. Sin rencores. Hasta siempre.